¿Quién puede en este momento darme una aspirina? tuve un día largo de trabajo. Esos días en donde todo estaba pensado para relajarme y disfrutar de un viaje. Claro, estoy pulverizado de igual manera. Tal vez porque mi cuerpo venia de pocas horas de sueño.
¡Es curioso! la vida a veces nos obliga a ver otros caminos. Hoy me encuentro en Montevideo el pais vecino de Uruguay, estoy cerca de la playa de positos.
Hace tres o cuatro años atrás, estuve en esta misma ciudad, por supuesto los motivos eran otros, incluso otro trabajo. Aquella vez a diferencia de esta la temporada no era de invierno, sino verano, en ese momento estaba compartiendo mi viaje con un compañero de trabajo.
Lo interesante fue que luego de una reunión de saco y corbata, muertos de calor por las altas temperaturas de la época, salimos a buscar un short de baño y un taxi.
Le pedimos al conductor que nos llevara a la playa más cercana y fue positos. Combatimos el calor con unos buenos chapuzones y cerveza.
Hoy nuevamente el trabajo me trajo hasta aquí y en esta oportunidad me sentí cansado por el largo viaje. La primer hora en el buquebus dormí, la segunda leí casi la mitad del un buen libro “EL abismo” de Seth Godin. La tercera hora, continúe escribiendo mi libro - capitulo 7 -páginas setenta y cinco. No voy a contar más por ahora. Pero si puedo decir que esta noche en Uruguay comí de maravillas. En una parrilla que se llama “La otra”. Cosas para resaltar del lugar y que me llamaron mucho la atención, fue que todas las personas que trabajaban en alli eran hombres, me lo hizo notar una señora que hablaba con el cajero del lugar comentando esa situación. Otra curiosidad fue la carta de vinos, no era una carta común y corriente, más bien una botella de cerámica, cubierta por tres etiquetas donde se podía ver el detalle de los vinos y sus precios.
Comí en la barra del lugar, sin vino pero con una buena cerveza rubia, justo en frente a la parrilla. Cosa extraña fue cuando me sirvieron el primer vaso de cerveza, se llevaron la botella y la guardaron en una heladera vieja, esas de carnicerías antiguas, con seis puertas de maderas. Ellos me servían cada vez que el vaso llegaba a su fin.
Luego de comer salí a caminar por las calles de la ciudad en busca de un capuchino.
La noche acompañaba como para recorrer algunas cuadras con un clima casi cálido, raro para la época del año. Mucha gente en las calles paseando sus mascotas, algunas parejas de ansianos caminaban tomados de sus manos. Pase por una plaza, no recuerdo su nombre, pero puedo decir que desde la parte superior de su veredas empinadas podía ver las aguas del rio.
Tanto caminar dio sus frutos, entre a un bar, tome mi capuchino y no como dice la canción de Andrés Calamaro; “Tomando un capuchino era el año nuevo chino, en un restaurante Argentino, con empanadas y vinos”. No lo era sin dudas, simplemente me encontraba en una confitería de positos.
Posteriormente camine de regreso al hotel “Punta Trouville”, donde estoy escribiendo estas líneas.
Otro miércoles más, diferente a lo normal. Sin aspirinas.
¡Que lo disfruten!
PD: Aquí el capuchino esta barato y es más grande que el servido en Bs As…… como siempre….
